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Capítulo 118: Blancanieves y Páezafían paz (2/2)

Ella tampoco preguntó por su traición.
Elegante e ingeniosa, se quedó en el lugar, sin bajar las escaleras ni un paso.El viejo le miró a los ojos.
La reina parecía anciana pero aún recordaba la belleza de su juventud.
Sin asistente alguno, se encontraba sola en las escaleras, mirando al viejo que había abandonado el norte.
Al final del silencio, sonrió y dijo:—Como lo has pedido, todo está listo en mi palacio.
Podemos comenzar?El anciano no dudó, subió un escalón y descolgó su caja de libros.
Con un gesto de la mano, hizo entrar a cerca de doscientos eunucos y damas vestidos con sedas.
Estos se arrodillaron y extendieron las sedas en ambos lados del patio, formando una gran tela.La reina se acercó al centro, con los ojos entrecerrados, mirando la gran tela que cubría el patio.La tela de cien sedas se convirtió en un gran mosaico.Era un mapa detallado del mundo.
La reina y el anciano caminaron juntos por el patrimonio cultural del norte hasta alcanzar las escaleras.—El poder de una nación no depende de la fortaleza natural, sino de la voluntad del pueblo —dijo el anciano con sabiduría—.
El corazón no es lo mismo que el bienestar de los ciudadanos;las personas siguen tendencias pero también requieren guía y cuidado.El viejo recorrió miles de personajes durante sus viajes por el continente, guardando registros detallados.—Un agricultor puede cultivar treinta arrobas en un año.
Cada arroba produce dos o tres cestas de arroz, y debe devolver una a cada familia que tenga cinco miembros;además, necesita recursos para vestir a su familia, casarse, celebrar ritos y abonar alimentos en tiempos de enfermedad o muerte.Las regiones como Shanghang y Jiahu representaban la prosperidad del Reino de Liang.
Sin embargo, el resto del territorio estaba lleno de personas desempleadas que no podían criar hijos.
La paz que se decía en el Reino era engañosa.El Reino de Liang había creado la institución de los funcionarios locales para controlar a la población local, pero esto causaría problemas a largo plazo.
Con cada generación, estos hombres convertirían el territorio en una colonia de criminales.El anciano enumeró las finanzas y la economía del Reino, el sistema legal y político, todo lo que el joven rey debería saber para gobernar eficazmente.
Incluso llegó a sugerirle cómo establecer su propio imperio espiritual.Los ocho días de charla no dejaron de fluir.
El anciano explicó las lecciones más importantes mientras caminaban y comían juntos, iluminados por la luz de la noche.
Su voz resonaba en el corazón del rey, llenándolo de conocimiento.Al final, el anciano bajó a la base de las escaleras, la mano de la reina aún en su cuello.
Juntos subieron las escaleras, y el anciano dijo:—Me gustaría ser tu maestro imperial.
La historia del mundo estaba a punto de cambiar bajo el resplandor de la luz de la noche.
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